...Unos ven para ahora y son los más, y cuya vista
alcanza menos. Otros ven para ahora y para luego, que es como se debe ver en las cosas de los pueblos: para quienes lo presente no es más que la manera de ir al porvenir...
José Martí Pérez

Todos los pueblos tienen su historia: la de unos resulta demasiado antigua, como es el caso de aquellos del Oriente; la de otros, ni tan antigua ni tan joven, como la de esos prehispánicos que moraban en las tierras americanas a la llegada de los colonizadores. Otros tienen una historia recientísima, pero no por eso dejan de ser interesantes: este es el caso de Jatibonico: sin Nilo, ni Ganges, ni Sena; fundado al pie del río de su propio nombre, sin hipogeos, ni templos, ni pirámides. En su lugar, Jatibonico tiene sus palmas, novias altísimas bañadas por el sol.
Todos los pueblos tienen su cultura: la de unos, resulta demasiado arcaica y tribal, como la de aquellos de Grecia que desfilan por los cantos de la Ilíada; la de otros, no tan arcaica pero con códigos distantes de nosotros, nos revelan quipos, quechua, areitos, cantos al sol y al quetzal. La de este pueblo formada en los albores del pasado siglo, porta cantos de amor y de esperanza, registra modos peculiares de la oralidad que se afinca en su idiosincrasia, pero por sobre todo, un arquetipo identitario que nació hace alrededor de 105 años bien aferrado a la tierra.
Pero no todos los pueblos tuvieron sus fieles defensores. En unos, calló inesperadamente el trino del jilguero; en otros, enmudeció la lira, y con ella, dejó de hacer rapsodias el adicto juglar. Otros, más infelices aún, quebraron sus tablillas, y con ellas, lengua, ídolos, ética y religión. Jatibonico, salvado de la pérdida, cuenta con un pueblo joven y fuerte para defenderlo y con un módulo cultural que lo preserva.